Los recuerdos de mi pasado casi nunca desaparecen, reaparecen los amigos olvidados en los primeros años de la infancia y se alejan otros como para nunca volver.
Estos dos años de mi vida han estado marcados de encuentros y desencuentros, perdidas y rabia por no estar con quien se quisiera estar. Porque permanecen los que deberían partir y los que no, se marcharon sin decir adiós.
La vida en un entramado del azar, sin saber cómo, un día me regaló una nueva persona en mi horizonte… alguien con quien sin nunca haber cruzado una palabra, compartíamos más historias que con muchos de mis más cercanos amigos, una historia de lágrimas ocultas tras la sombra de aquellos que jamás aprobarían una muestra de dolor por lo perdido.
Éramos dos sombras largas caminando por el parque del virrey, que no necesitaron de muchas horas de conversación para sentirse cercanos, ya que el pasado era el que los unió y el que los hizo reunir esa misma noche, o tal vez eran esos recuerdos que no habían dejado de martillar sus cabezas buscando respuestas, buscando apaciguar el dolor, ese dolor que no se puede detener de por vida, pero si silenciar por ratos. O será que fueron reunidos por esas dos presencias que tanto amor y odio han generado en ellos.
Los silencios solo hicieron que se brotaran lágrimas de un dolor compartido, un dolor que se iba matizando en la esperanza de los que permanecemos vivos y de una u otra manera creemos saber para qué seguimos de pie.
Las palabras construyeron lenguaje y este generó sentido, devolviéndonos a los dos al pasado y descubriendo la otra parte de una historia que nunca logramos comprender, otra parte que era tan cercana a los dos, que podíamos vivir en carne propia las lagrimas de ese extraño tan cercano que teníamos al frente.
Luego de unas horas de conversación volvimos a nuestros hogares y entre los dos quedó una nueva sensación sobre la historia compartida “creo que la vida estaba en deuda con nosotros y hoy quedamos a mano... la vida y nosotros”.
Bogotá, noviembre 28 de 2009
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